Uno está destinado a ver el arte cuando el arte ya está muerto, o cuando está más allá de donde lo pudiera alcanzar, es lo primero que puedo decir que pensé al ver una película de Eliseo Subiela, Últimas imágenes del naufragio (1989), un verdadero viaje de metaficción, que nos hace pensar en las historias que contamos y en la naturaleza del medio fílmico. Este primer enunciado dice todo lo que quisiera decir, pero trataré de describirlo a continuación. Y es que Eliseo Subiela escribió el guion y luego dirigió el filme, lo cual nos indica que tenía muy claro que su trabajo con la metaficción buscaba una reflexión tanto sobre la literatura como sobre el cine, es decir, que pensó no solo en el relato a contar sino en la idea de la escritura y la idea del cine como medios, como formas de contar que se empalman o se enlazan en las reverberaciones que nos pueden llevar a imaginar a Subiela escribiendo el guion y así sucesivamente.
Uno no alcanza, no puede alcanzar a percibir la melancolía “real” del filme, pues todas las buenas películas de los años ochenta tienen ese encanto de estar hechas a destiempo, por ser adelantadas, por su desfase de la norma, lo que es como decir que no pertenecieran a ningún tiempo, a fin de cuentas ¿no es eso lo que intenta el arte? la búsqueda de inmortalidad por medio de obras que no parecen caducar, esa ambición de los grandes cineastas, la atemporalidad que pocos pueden lograr. Pero en realidad esa "atemporalidad" es mejor definida como una dislocación del tiempo, ese pertenecer y a la vez no hacerlo, pertenecer a tiempos abstractos, ni a los ochentas ni a los noventas, ni al tiempo de las películas en filme, ni al tiempo del video, ni al tiempo del streaming, sino al otro tiempo errático que sólo existe como construcción artística, un tiempo fílmico que por momentos me recuerda, por ejemplo, a ese español que nadie habla pero que existe en las películas traducidas al español, lo conocemos, lo escuchamos en los doblajes, pero prácticamente nadie habla así.
Escribir sobre el cine del pasado es sin duda una confrontación a la temporalidad de las cosas, porque ese cine siempre es sobre mundos que ya no existen, representados y colocados en medios más o menos extintos. Es imposible remover la otra capa de melancolía, la nostalgia del medio, de un filme envejecido, se puede decir de muchas formas: la nostalgia que cubre un medio que se ve gastado, que de ninguna manera podrá ser percibido como la primera vez que se exhibió en salas. A esa situación es a la que me refiero y que me resulta difícil describir, al hecho de imaginar cómo se vería una de estas obras tal y como fue concebida. Hoy en día se ven estas películas en streaming o en un archivo digital de video, totalmente a destiempo. Si aceptamos que Eliseo Subiela dirigió Últimas imágenes del naufragio pensando en cómo presentar el filme en pantalla grande en un momento en particular, podemos asumir lo que intento decir, que no hay manera de que uno entienda la totalidad de esas imágenes, de eso que sucede en pantalla, porque cuando este filme, cuando todos esos filmes salieron, casi todos los que escribimos ahora éramos unos enanos en edad; a los nueve o diez años nadie tiene una idea clara de qué es el cine, lo único que se asume es que es un edificio donde se va a soñar a través de los sueños de otros. Por otra parte, los que compartieron tiempo y espacio con el estreno de la película, tienen toda la oportunidad de que esta obra les haya pasado de noche. ¿Quién habrá visto esa obra de Subiela como se esperaba? quizá muy pocas personas. De manera que este tipo de películas no solo evocan sus contenidos y sus historias, sino esa capa que es como un velo hecho a base de puntos ciegos.
No consumimos la obra original, no percibimos la experiencia de su tiempo, sino una simulación de los ochenta, una vaga representación de lo que en el filme se muestra, a modo de distante representación de la realidad, en una película que, por si las capas aquí mencionadas fueran poco, plantea un relato metaficcional, donde un escritor, buscando entrevistar a alguien para el argumento de una posible novela, se mete a las profundidades de toda la familia de dicha persona.
A la espera de que algo, apenas algo cambie el abismo de lo rutinario, un escritor que espera también el metro reflexiona sobre la vida desde el bloqueo creativo, lleva en sus manos las obras completas de Oliverio Girondo. Al otro lado, una mujer decidida a quitarse la vida no se percata de que él la está viendo acercarse a la orilla de las vías del tren. Así empieza esta película, y cuando él se apresura para detenerla, subiendo las escaleras desesperado para bajar al otro lado, logra salvarla, pero uno como espectador se va dando cuenta a lo largo de la película de cómo ella también lo ha salvado a él. Una extraña petición, que le deje entrar a su vida a través de la palabra, una entrevista, así nada más, para conocer su existencia y quizá sacar de ahí palabras para una novela. Una familia ajena que se vuelve suya, un involucramiento que se vuelve inevitable. Hasta aquí los spoilers, porque el objetivo de estas críticas es que se pueda escribir de una película sin escribir demasiado de esta, al menos sin revelar lo que el lector debe vivir, si se dispone a ver esas Últimas imágenes del naufragio, porque el cine, como lo he dado a entender, se ve y se vive en esas varias, muchas, capas donde la ficción se dobla y se desdobla ante la quietud aparente de la realidad.
* Escritor, artista visual, músico y dj. Licenciado en Artes Visuales, UANL. Becario del Centro de Escritores de Nuevo León (2017) y del Centro de Escritores Cinematográficos de Nuevo León (2016). Hace música postpunk y minimal synth.
https://www.instagram.com/automatdreams/