Es de noche. Las estrellas brillan más intensamente desde el parque frente de mi casa que en el resto de la ciudad, y la luna, en esta ocasión, parece no acompañarlas por permanecer oculta entre las nubes. Luce como una mujer avergonzada jugando con su velo.
No sé si es la primera noche calurosa de febrero o si estoy en medio de uno de esos ataques de nervios en los que no logro controlar el sudor de mis manos y la tela de la ropa comienza a picar y a incomodarme.
No es la primera vez que me siento así. Desde que la conocí, me ha ocurrido un par de veces. En los tropezones accidentales, en los acercamientos inesperados y en los mensajes que hacen acelerar mi corazón.
Antes de que estos sentimientos surgieran, ella era solo alguien más en el juego diario de mi vida. Una compañera, una persona a la que saludaba de lejos si me la topaba en los pasillos de la escuela y con quien a duras penas intercambiaba palabras.
No había forma de predecir lo que sucedería cuando empezamos a ser amigas, aunque tampoco fue tan difícil aceptarlo con el tiempo. Era imposible, después de todo, si con una sonrisa generaba tales oleadas de felicidad en mí.
Un roce de manos nunca me había provocado tal desasosiego y nunca creí que un simple abrazo sacudiría mi mundo. Era una sensación tan cálida, tan agradable y placentera, que me inundaban las ganas de llorar cuando me enternecía por estos detalles que no debían de ser más que una simple coincidencia, un acercamiento sin dobles intenciones.
Me estaba enamorando. Lo supe cuando me di cuenta de la ansiedad que me invadía cada que su nombre aparecía en mi mente, por cómo se apoderó de mis pensamientos y mis sueños y por las ganas interminables de pasar más y más tiempo a su lado.
En menos de lo que imaginé, se había robado mis días y mis noches. No sé si esto quiere decir que la amo o estoy en proceso de hacerlo, ni si quiero que esta tortura se detenga o progrese.
Debería tener una advertencia pegada en la espalda en donde especifique el riesgo de pasar tiempo junto a ella, de descubrir sus encantos inconscientes, porque, si alguien me preguntara el cómo todo escaló tan rápido, no sabría qué responder.
—Es lindo —oigo su voz desde el otro lado del teléfono. Yo lo aprieto contra mi oreja y me preparo para lo que dirá sobre el libro que le recomendé—. Los amores platónicos son los más sinceros, los más puros. Nunca los manifiestan de manera explícita y, aun así, siempre se espera lo mejor para la otra persona. No hay nada más romántico que eso.
—Es trágico —corrijo. Mi voz se oye más ronca de lo que desearía—. ¿Cuál es el punto de amar tanto a alguien si no le dices cómo te sientes? Amar en soledad, en silencio…
“Es doloroso”, pienso.
—Es de cobardes —digo, en cambio. La escucho pisar un par de hojas y ramas secas en su patio, seguro haciendo lo mismo que yo: ver el cielo—. Estar presente como amigo no es lo mismo que estarlo como pareja. Las cosas que se viven son diferentes.
—Pero no las que se desean.
Hacía meses que descubrí la romántica empedernida que es, por mucho que pareciera más del tipo despreocupado y desinteresado en esos temas. La forma en que combina sus cadenas, esa joyería de plata que tanto le encanta y sus grandes botas negras (las “todo terreno”, como tanto le gusta llamarlas) son una simple fachada que se encarga de proteger ese blando corazón que se preocupa hasta por el más pequeño de los insectos.
En ocasiones, me sorprendo a mí misma preguntándome cómo actuará ella cuando encuentre a la persona indicada por la que daría todo, su sangre, sus lágrimas y su alma. También fantaseo con serlo yo, ser yo su indicada.
—Hay veces en las que las palabras son insuficientes para expresar un amor tan intenso —continua y yo deseo su tranquilidad—. Estar presente en las buenas y en las malas, por otro lado, ¿no es la mejor forma de demostrarlo?
Algo se rompe en mí.
Me siento culpable; acorralada por identificarme.
Amar en silencio para mí es llorar sola en mi habitación por las noches, preguntarme por qué no puede quedarse a mi lado de la manera que quiero y tratar de convencerme de que esto pasará pronto.
No sé si es bueno o malo.
Lo que sí sé es que los ojos me arden, que las lágrimas amenazan con salir y que quiero vomitar mi propio corazón.
—¿Has tenido un amor silencioso?
—Sí.
Con esa simple respuesta, no sé si deseo ser ese romance que prefiere guardarse para sí misma. No sé si quiero ser guardada en el fondo de su pecho como un dulce recuerdo, como un sentimiento que nunca fue expresado ni explorado con claridad.
Por primera vez, quiero ser egoísta.
Quiero ser egoísta y pedirle que no se enamore de nadie más, que no huyamos y que tomemos la oportunidad que se nos ofrece porque la vida es demasiado corta y cruel como para retener algo como lo nuestro.
Abro la boca e intento decir algo hasta que, justo en ese momento, una pregunta resuena en mi cabeza.
¿Nos estamos enamorando las dos o yo soy la única ilusa?
Sin duda, la inseguridad que más me atormenta desde que nuestra amistad evolucionó y se fortaleció al grado en el que ella me cuenta de sus antiguas experiencias románticas.
No importa cuántas veces le dé vueltas, ni cuánto me proponga descifrar o comprender sus reacciones conmigo cerca, nunca encuentro una respuesta clara entre sus acciones y sus palabras. No sé si siente lo mismo que yo, tampoco si lo mejor sería preguntárselo o guardarme estos pesares. ¿Cómo me atrevo a hablar de valor y coraje, si son dos señales que desaparecen en mí cuando se trata de ella?
Cuando creo que damos un paso juntas, parece que retrocedemos otro cada que me habla acerca de lo que desea en su gran amor, de los hombres que le gustan o la pretenden. Sé que no soy nada de lo que busca. ¿Eso me hace perdedora de una guerra no declarada?
—En el libro encontré la palabra del día —sigue, como si nada—. Hace como tres semanas que no agregaba ninguna a la lista.
Suspiro para despejar los nudos que recorren mi mente y corazón y me digo a mí misma, para relajarme, que mis amigos se burlarían de mí si me vieran de esta manera.
—¿Cuál?
—Epifanía.
Parece un chiste. Me es imposible creer que no supiera lo que significa, pues raya en lo ordinario si la comparo con otras palabras que he visto en su lista. No es nada a un lado de serendipia, anacoreta, cosmogonía, hastío…
—Significa revelación. Tuve una epifanía a la par que leía —ejemplificó y, al mismo tiempo, me informó—. No suelo oírla mucho. ¿Sabías que el catolicismo celebra como epifanías tres apariciones durante la vida de Jesús?
Supe que no quería que le preguntara sobre la manifestación que tuvo durante su lectura por su manera de cambiar el tema. Hacía eso seguido, cambiar de tema, más si algo la comprometía. Evitaba hablar de más o, por lo menos, sentirse incómoda.
—Ah, ¿sí? —Trato de oírme interesada—. ¿Cuáles son?
No me gusta mucho la historia, pero sabe que haré una excepción y la oiré.
Eso hago.
A veces creo que es consciente de esto, de lo que siento, y que disfruta torturarme porque sabe mejor que nadie que no puedo negarme a lo que pida o diga.
Nunca me esforcé en ocultarlo, al final de cuentas.
Ella es la Tierra y yo la luna que gira a su alrededor.
Quiero que me deje ser el sol que la ilumine y reconforta.
Es un silencio de cristal a punto de romperse, el secreto peor guardado.
La ansiedad no se fue incluso después de oírla hablar sobre los Reyes Magos de Oriente, del Bautismo del Señor o de las bodas de Caná.
Los nudos que cubren mi mente y corazón no tardaron en llegar a mi garganta, imposibilitándome hablar.
Enamorarse era como la marejada. A veces era picada y azotadora; otras, tan tranquila que arrullaría hasta dormir a la peor de las bestias. A su lado, en los días cotidianos, nadaba sobre una superficie pacífica; en los emocionantes, saltaba sobre la espuma y chapoteaba cerca del agua; en los malos, aquellos en los que moría de impotencia, no hacía más que hundirme y hacerme sufrir de agonía. También había pequeños momentos que se asemejaban a grandes olas chocando con la superficie rocosas de un viejo muelle, como cada que nos abrazamos o tomamos de la mano.
Ahora, en estos instantes, es como si estuviera siendo llevada por la corriente, zarandeada por las olas de un mar salvaje que no me deja ir a la orilla de la playa, a pesar de lo cerca que estuviera.
La luna, llena, amarilla y con un halo radiante y precioso, decidió salir de su escondite cuando me paré de la banca en donde había estado sentada la última hora. Las nubes se desvanecieron, revelando una estrella centellante justo a su lado.
Pensé entonces en todo. En lo malo y lo bueno; en si vale la pena decirlo o no; en las ganas de amarla como merece; en las vivencias que tendríamos juntas; en si la incomodaré y perderé y si en verdad estaba siendo demasiado egoísta al imaginar algo así.
Confesarme significaba correr el riesgo de ser rechazada. Ser rechazada abría las brechas de seguir siendo su amiga o ser hecha a un lado por sentirse traicionada al creer que me acerqué con un único propósito romántico o por la molestia de la simple confesión.
Confesarme significaba correr el riesgo de ser aceptada. La aceptación abría las brechas de tener una relación estable en la que ambas aprendiéramos de la otra, de terminar en buenos términos, de terminar en malos términos y no hacer nada más que sufrir por el recuerdo de una amistad rota.
Tengo miedo.
Tengo ganas de llorar.
¿Y dónde quedó el oxígeno?
—La luna se ve hermosa hoy, ¿no es así? —Dice y hace sacudir todo en mí.
Me hago nuevas preguntas. ¿Sabe lo que eso significa? ¿Lo dice como referencia, chiste o confesión? ¿Qué espera que responda? ¿Se da cuenta de lo nerviosa que estoy, aun sin estar presente? ¿Ella también lo está? ¿También siente sus latidos retumbar hasta sus oídos?
Las manos me tiemblan y tengo que volver a sentarme porque temo tropezar.
Se forma un silencio entre nosotras y todo da vueltas.
No logro descifrar si es un silencio cómplice, uno incómodo porque no me reí o uno para saborear el dulzor detrás de sus palabras.
El nudo aprieta mi garganta y tengo que limpiar las lágrimas tan pronto caen porque me siento estúpida al darle tantas vueltas a esto.
No voy a huir.
—Estoy en paz —digo, por fin.
Tarda un poco, pero ríe.
—¿En serio? —Pregunta. Le respondo que sí—. No lo pareces.
Hago una mueca al detectar su burla.
—Podría morir en paz —corrijo.
Ella tararea alegremente y se regocija diciendo que eso estaba mejor.
La sangre se me fue a los pies y agradecí volverme a sentar porque, en caso contrario, las piernas me habrían estado temblando como espaguetis. Me siento débil y acalambrada, como si me hubiera quitado un gran peso de encima.
¿En verdad acababa de pasar eso?
—Yo también —susurra al cabo de unos segundos—. Yo también, ¿bien?
—Bien —respondo igual.
La marejada se había calmado. Las gaviotas graznan, la brisa es fresca y el sol ilumina el horizonte. Las olas vuelven a salpicar gotas saladas cada que chocan con las piedras del muelle, pero ahora puedo oír su risa junto a mí, acompañándome.
Una estrella fugaz surcó el cielo y nos deseó buena suerte, un buen amor.
* Lectora curiosa y observadora, atraída por la fantasía, el romance y la visibilidad LGBT. Escribe desde los 12 años y, como alguien que siente con intensidad, busca transmitir esos sentimientos, vivencias y escenarios a los demás.
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