Fragmentos virales

Crónica desde el South West Chicago,
por Zur*

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Marzo, 2026, Chicago.

Aquí, hay un cuerpo que escribe y para mí esto es empezar a aprender mediante una pedagogía contextual, es aprender mediante la atención y sobre la marcha. En mi caso, el idioma Inglés lo he aprehendido a través de la atención de retazos contextuales: una conversación ajena en el tren por aquí, una canción de Kanye por allá, una película sin subtítulos, el trajín diario, es decir, todo mediante la atención al entorno, de esta manera mi inglés (y digo “mi inglés” literalmente) es una especie de Frankestein estructural.

En ocasiones me veo inmerso en contextos parecidos a los de cualquier film estadounidense y a la vez me he descubierto reproduciendo estructuras de diálogos cinematográficos para comunicarme y para mi sorpresa los interlocutores responden de manera natural, con emoción y sin sospecha, con lo cual se revela que aquí (y en todo el mundo) se suele vivir bajo una especie de script dialógico standard, que no dista mucho de lo que vemos en pantalla.

El inglés es un idioma de sonido antes que de gramática. Cada barrio de Chicago tiene su propio acento. El acento negro dista mucho del acento latino que a su vez dista mucho del acento blanco, que asu vez dista del acento oriental y a su vez del caucasico. Y así en todo el país según el estado. Tal vez por esta razón puedes ponerle un beat a cualquier discurso de Obama y hacerlo sonar como si estuviera cantando. Al español lo rige la gramática y así podemos entendernos en el mundo hispano en este país aunque seamos tan diversos en cultura. El idioma inglés como sonido es una de las razones por la que no pocos estudiantes de inglés en méxico cuando llegan a estados unidos no entienden nada, porque en méxico se enseña inglés bajo su gramática y no bajo su sonido.

En cierto sentido y tal vez en el único, a los migrantes mexicanos los une solamente la instrumentalidad del lenguaje, es como un pegamento que permanece de fondo pero que no se traslada al campo concreto de lo político o de la organización social. Son 11 millones de mexicanos migrantes desplegados en todo Estados Unidos, esto es una megaciudad semejante a Londres, Lima, Seúl, Madrid o incluso a Chicago que tiene 9 millones. Pero el mexicano en estados unidos es un ente individual-dividido, porque el “ganar (en) dólares” y enviar la remesa es la motivación individual de cada semana y a la vez lo sitúa en su propia división interna y en extensión, social: “lo demás me vale madre”, es el mantra que mantiene su paradójico “eje-fragmentado”.

Fue revelador atestiguar como se empezaba a trazar cierta unidad frente al enemigo en común “El ICE”, pero con el arribo de “nuevas noticias virales” como la captura de Nicolás Maduro y ahora la guerra contra Irán, la narrativa migrante se ha desplazado del interés nacional y las organizaciones que viven de “la narrativa de persecución migrante” para recibir sus fondos, “desean” que se vuelva a perseguir al mexicano para volver a ser el hype nacional y así cobrar el grant. Esa unidad parecía volver al centro nacional por medio del show de medio tiempo de Bad Bunny en el Super Bowl, pero todo eso se diluye rápido y este diluirse refleja que no hay un centro estable en la identidad del mexicano más que la de enviar remesas o la de ser perseguido.

“Nacimos para ser perseguidos” dice una de las líneas de Cruzito al final de la película de culto Blood in Blood out y en el contexto actual la verdad de esta frase es doble porque el mexicano es perseguido aquí como migrante y en México por la batalla eterna contra el narco. Al parecer, el mexicano de a pie es el niño que permanece en medio del fuego cruzado por el divorcio de “Mamá Gobierno y Papá Narco”. Porque allá, la noticia viral es la muerte de “El Mencho” y dicho conflicto fragmenta a la sociedad por el miedo real de ser alcanzado por las balas y a la sociedad mexicana de acá por la zozobra de sus familiares y viceversa. ¿Regresar? ¿Para qué? ¿Cuál panorama es el menos peor? El mexicano migrante es un ser fragmentado que no tiene más remedio que regresar a sí mismo, no tiene otra, tiene que regresar pero a su centro y este centro tiene los más diversos matices: emocional, psicológico, religioso, social y cultural.

El mexicano migrante no tiene más remedio que regresar a su centro y construir “La Nación” pero no desde el partidismo sino desde dentro de sí mismo, no hablo de solipsismo idealista o del sentimentalismo nacional de quién extraña comer en su rancho bajo un mezquite mientras come una McBurger, hablo de una instancia de auto apropiación identitaria, que en la comunidad blanca de este país se deja ver siempre bajo un orgullo histórico coagulado tras las guerras y es que bajo este panorama de fragmentación, la guerra siempre ha tenido el carácter irreductible de unificación; esto puede comprobarse revisando someramente los anales de la historia universal. Aquí la guerra ha de ser frente a la narrativa fragmentaria e inmediata, porque no es casualidad que tras la captura de “El Mencho” Spotify registrara un aumento exponencial de la reproducción de narco corridos, revelando la unidad fantasma e imaginaria por la romantización épica de la violencia en su versión portátil.

Aquí, sobre la Pulaski, hay un cuerpo que camina y la vida parece concurrir igual, hasta que el arte aparece. Ayer inauguraron una boutique de tatuajes y la fila para entrar al opening era interminable. Adolescentes, estudiantes y profesionales esperaban su turno ya que cada tattoo artist estaba regalando pequeños tatuajes por la apertura y es que aquí tatuarse ha dejado de ser un signo de rebeldía o de estigma social, porque puedes ver desde doctores, enfermeras y hasta policías cubiertos de tatuajes, de manera que el tatuaje es un signo social de integración más que de segregación.

Mañana inauguran la exposición llamada “Be Longing, Lithuanian Artists in Chicago, 1900 to now” referida a los artistas de origen lituano más influyentes de Chicago. La exposición es en el “Balsekas Museum of Lithuanian Culture” ubicado aquí en el barrio. Resulta impactante que este museo es la meca de la cultura lituana en todo el continente Americano y está aquí, en el South West, que a su vez fue un barrio fundado por migrantes Polacos; Chicago parece una matrioska de razas desplegándose en el tiempo.

A mis cuarenta ya no pido permiso para existir y aquí en el South West del mundo me muevo como un cronista que atestigua desde y por el cuerpo que el español y el inglés siguen sonando en cada esquina, que la tinta sobre la piel es más biografía estética que estigma social, que las filas de migrantes para enviar remesas son cada viernes y los narco corridos en las trocas siguen sonando bajo el script silencioso que apunta a una fragmentación que parece ser la norma no dicha pero estandarizada. Aquí hay un cuerpo como lugar propio ante la fragmentación viral del feed digital que intenta emular y desplazar al feed real de nuestra vida diaria.

South West Chicago, 2026.

*Contacto: ppmarin@neiu.edu