Elena Urueta*

graciela_iturbide

Los corredores

Despiertan antes que el sol.
Nadie los obliga.
Salen a correr.
Nadie los obliga.
Jadean, huelen a vinagre, dejan caer todo su peso sobre los tendones.
Nadie -parece ser- los obliga.

Es una carrera y trotan en grupo
tienen la mirada
no perdida, pero en foco, y el alma
¿a dónde va el alma? ¿dónde
se guarda? o es eso que vemos
el espíritu en su estado
más prístino.

Los posee algo, tal vez
los poetas entiendan.

Uno a uno, los corredores
cruzan la meta, sus gestos
anuncian que han vuelto
a sí mismos.

Cruzan la meta y se abrazan,
lloran, quieren volver a hacerlo,
dicen, quieren robarle sueño
al sueño, atravesar la ciudad
de una punta a otra, sentir las piernas
hasta el entumecimiento, jadear,
oler a vinagre, volver a ser ríos y mares,
dejar la piel expuesta y ardiente
con el roce de los brazos,
suplicar por el fin y maldecir
a los cielos, abstraerse
por completo de la materia y tentar el límite
de los pulmones.

Quieren volver a hacerlo
y todo indica que nadie,
nadie, los obliga.


Arte Poética

Es una bahía
muda, se extiende
entre montañas, permanece
quieta, busca imitar el color traslúcido
del cielo al medio día.

Su voz de nácar me llama
y en ella me sumerjo.

De su breve hondura saco una piedra

(es bella esta piedra)

lisa y diáfana
cuando la toco, siento
el baile de los siglos
el pasado
el porvenir
el eco del universo
la continuidad de mis anhelos

me ha cambiado solo con haberla visto

me acompaña
lisa y plateada
con ojos de alabastro
mi piedra amable
la he encontrado
hoy en esta bahía
abrazada por montañas

le pondré de nombre: poesía.


Rutina personal para aprender el idioma de la hierba

Acostarse en el pasto bajo el sol, poner un oído en el suelo, llegar a casa y hacer una lista de reproducción que te recuerde a esa sensación, repetirlo hasta el cansancio, moverse con el viento sin prestar atención especial al desplazamiento del cuerpo, imprimir la voz en el tejido del tiempo, caminar descalza, reír en primavera, descansar en invierno, tomar lo necesario, compartir el resto, que la vida pase como una suave caricia, vestirse de colores, olvidarse de los minutos, las horas, expandirse, aceptar el cambio, sentir el cosquilleo en la punta de los dedos, el crecimiento desacelerado y gracioso, tomarse de las manos y escuchar el silencio del agua al caer.

Conversaciones mortuorias

Mi abuela no quiere morir
para terminar sola en la oscuridad
rodeada de gente que no conoce.

“¿Con quién voy a hablar?”, pregunta,
mientras camina entre las tumbas
en camino a la bugambilia rosada
que da sombra y vista perpetua a mi abuelo.

“¡No te has tomado la coca, Ramiro!”

Le echa una cubeta llena de agua,
“para que te bañes, que hace calor”.

“Pero, ¿qué es la muerte?”, pregunta.

Quiere que los muertos salgan un momento
para decirle lo que se siente.

Su amiga Mercedes era Testigo,
le platicó sobre la resurrección,
la invitó a leer la biblia.

“Después de todo, pobre Mercedes,
murió y no resucitó”.

Nos reímos juntas,
ella no sabe que ya es eterna.

“¿Para qué quieres vivir para siempre, abuela?”

“Para estar con ustedes.”


*Elena Urueta. (Monterrey, 1993). Autora de El idioma del azahar. Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León y del programa Jóvenes Creadores 2025-2026 de la UANL. Ha publicado en el Periódico de Poesía de la UNAM, Círculo de Poesía, Armas y Letras y Plana Poética, entre otros espacios.