Se hacía llamar El Mago. Así le gustaba ser presentado en las arenas improvisadas y por los reporteros de provincia, ansiosos por entrevistarlo antes de la función. Pero más le atraía escuchar su nombre seguido de El Mago y al final su apellido: Efraín “El Mago” Zaldívar. Al anunciarlo la gente lo engrandecía, y él, desde la segunda cuerda, levantaba los brazos incitándolos a continuar, hacía un par de reverencias y presumía sus bíceps. Después, volvía al plano terrenal en una rutina inalterable: bajaba del encordado para ir con el réferi, extendía su mano con respeto, exponía la suela de los botines e iba con su second, a quien le cedía la custodia de su bombín de mago. Una vez no lo hizo y el contrincante le sumió el sombrero hasta el cuello, provocando la risotada de los asistentes. Desquitó la afrenta ganando en dos caídas.
Para la función de la noche en el auditorio municipal de Apizaco, adaptado como arena de combate con ring y sillería oxidada, El Mago planeó con detenimiento su entrada: lanzaría una bomba de humo para aparecer sentado cómodamente en la tercera fila. Aquello, confiaba, volvería loca a la gente.
Su pelea era la preliminar. Durante los meses recientes intentaba pasar por alto su frustración de ya no ser contratado para las estelares, pero aun así la gente lo reconocía, sobre todo la mayor. “Los niños saben poco de buena lucha”, decía con desgano al ser entrevistado.
El Mago llevaba veinticinco años peleando, incluso en Japón y Tailandia. Al inicio, con máscara, lo conocían como El Hechicero. En aquellos días sólo accedía a pelear en las capitales de los estados, y la televisión le pagaba bien por sus presentaciones exclusivas. Pasaba largo rato afuera de su vestidor firmando máscaras, playeras, recibiendo papelitos arrugados de muchachas y señoras a quienes, sin importar si iban con sus maridos o hijos, le dejaban sus teléfonos o direcciones.
Por la tarde platicó con el Rambo López y acordó cenar pambazos en la feria junto con el Guerrero Loco. Se fue a cambiar a una oficina adaptada como vestidor. El inicio del rito era hincarse para rezar, seguía con el cambio de ropa y, para concluir, se ponía los botines. Hacía ejercicios de estiramiento contando con esmero del uno al ocho y viceversa. Al finalizar, sacaba una botella de Viejo Vergel y la bebía escuchando los golpes de los cuerpos al rebotar en la lona. Su pelea se arregló para ganarla en tres caídas. No habría nada en riesgo; por respeto a su jerarquía y edad, los golpes serían mínimos.
Su primo Florencio lo bautizó como El Hechicero al descubrirlo en las noches previas a sus combates preparando una suerte de brebajes para, según Efraín, darle mayor poder. Al principio se llamó Bucanero, pero a los tres meses decidió cambiarse el nombre, y por más de veinte años llenó las mayores plazas del país como El Hechicero. Para hacer más espectacular su entrada, llegaba con pócimas aprendidas en sus visitas a los mercados de barrio: abría botellas con líquido azul y lanzaba el contenido hacia sus adversarios para impregnarlos con la maldición de los perdedores; las verdes las arrojaba a sus pies, despedían una humareda que se disipaba con él en medio, levantando los brazos. Eso enardecía al público. Ya como El Mago se olvidó un tanto de las entradas ostentosas y ahora sólo a veces lo hacía.
Por superstición no se asomaba en el escenario una vez iniciada la función. Vio con ánimo el calendario del mes con seis peleas programadas, no era lo mejor, pero podría pasar los días con más soltura. Tomó su capa negra para quitarle lo arrugado, dio un par de brincos y agarró el sombrero, le pasó la mano limpiándolo de un polvo inexistente para dejarlo otra vez en la silla, y se recostó en el escritorio para esperar el llamado.
Recordó cuando hace años en la televisora le hablaron de las audiencias y cómo la gente poco a poco se interesaba por nuevos luchadores. Le pidieron apostar la máscara, así lograría llamar la atención de los jóvenes, quienes no se entusiasmaban con sus pocos lances y las peleas demasiado técnicas; le prometieron disponer de todo para ganar. Aceptó más por la fama y no por el dinero, durante toda su carrera no había aceptado arriesgar la máscara. Subió al ring y al final perdió. Esa noche le reclamó al promotor, quien dijo no estar enterado de algún arreglo. Tras semanas de estar sumido en depresión, y ante el escaso dinero para la renta y el refrigerador cada vez más vacío, se reunió con los directivos de la televisión, pero se negaron a renegociar un contrato, pues era poco atractivo; habló con su representante, pero se negó a seguir con él. Llegó a varios gimnasios y por fin consiguió un promotor reapareciendo como El Mago, pero no fue igual, la gente prefería ver a los luchadores principiantes arriesgando la piel para ganarse un lugar.
Dio el último trago, guardó la botella y caminó desesperado de un lado a otro. Debía de estar por terminar el segundo combate. Sonó la puerta, era su promotor, le dijo sobre la cancelación de las peleas en Jalapa y Tehuacán, se habían vendido unos cuantos boletos y los empresarios no estaban dispuestos a perder. Preguntó por el resto del programa, el promotor respondió que aún no recibía noticias, esperaba mantenerlas en pie reduciendo un poco el salario de ambos y se marchó sin decir más. El Mago cerró la puerta, se sentó pensando en los días siguientes, tal vez se pondrían en un tono más plomizo, sin embargo, no perdió el ánimo.
Sacó de su maletín el brebaje preparado la noche anterior y lo bebió con calma. Revisó el último frasco: la fórmula escarlata la elaboraron en el mercado Zapata especialmente para él tras perder la máscara, con la instrucción de usarla sólo en caso de emergencia. Hasta ahora no había sido necesaria, pero, durante las peleas, siempre la dejaba en su esquina en una bolsa negra.
Por fin llegó el momento de anunciarlo. Se arregló el bombín. Bajó la escalinata de la oficina-vestidor hacia el centro del auditorio. Un poco más de cien personas gritaban, mientras un juego de luces pretendía dar un ambiente de misterio. La poca audiencia lo decepcionó, dispuso sólo saludar de mano a los de la primera fila, entre ellos una anciana sonriente que llevaba la foto de él cuando aún era El Hechicero. Se acercó y le besó la mano.
La lucha inició sin preámbulos. El contrincante era Rostro Maldito, un peleador novato, aspirante a ser reconocido lo más pronto posible. Empezaron con unas breves escaramuzas, el público clamaba pidiendo más. Rostro llegó hasta la tercera cuerda, se sostuvo con dificultad pues los postes se movían, y arengó a los aficionados.
Bajó, corrió contra El Mago, lo tumbó con varias patadas voladoras. En el último lance, El Mago salió del ring rebotando contra las primeras sillas. Rostro lo tomó de la cabeza y lo azotó contra el respaldo.
El Mago pensó acerca del arreglo de la pelea, buscó a alguno de los organizadores de la función, pero no vio a nadie. Sintió el líquido tibio escurriendo hasta la barbilla. No fue difícil saber qué era. Rostro Maldito lo tomó por el cabello y lo llevó arrastrando hasta lanzarlo contra la sillería. Sin darle una pausa, lo pateó en las costillas. El réferi se acercó para pedirle que subieran al ring. Discutían y manoteaban. El Mago se levantaba con dificultad: le hacía falta el aire y veía sólo con un ojo. Se sentó en la silla. La anciana de la foto se acercó para limpiarle la cara con papel higiénico que sacaba de su bolsa. Le exigió: No te dejes… ¡Hechicero, rómpele su madre!
Tomó un nuevo aire, sintió a El Hechicero aún presente, ésta era su oportunidad de resurgir. Se levantó tambaleante, agarró la silla, con la mirada borrosa vio a Rostro Maldito, estaba de espaldas y caminó hacia él. Le dio el primer sillazo y siguieron dos más, esquivados con problemas por el contrincante. El Mago dejó la silla, lo sujetó del brazo y le aplicó una llave. Rostro se rindió, pero El Mago no cedió incluso después del empujón del réferi: siguió para lastimarlo más. Sujetó su máscara y, así como lo hizo con él, lo empujó alrededor del ring. Rostro Maldito se soltó en la esquina de El Mago. Vio la bolsa negra, metió la mano y se encontró con uno de los frascos. Pensó que el líquido escarlata era para simular sangre. Al ver que iba a embestirlo, lanzó la botella provocando una nube densa. Cuando el humo desapareció, El Mago ya no estaba allí.
*Con Tercera cuerda, obra que incluye este cuento, el autor obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila 2023. Eduardo ha sido además becario del Centro de Escritores de Nuevo León y un narrador consistente con su trabajo. El libro fue publicado por el INBAL en coedición con la UANL.