Las ramificaciones de los libros que leemos y el viaje que emprendemos de unos libros a otros es en buena medida aleatorio. Autores de no ficción, como Malcolm Gladwell, hablan de cómo dejan un papel importante a la serendipia, por ejemplo, al entrar a una biblioteca y dejarse conducir por la curiosidad, es decir, se puede hacer intencionalmente. Ya sea que le pensemos como caos, entropía o simple casualidad, parece que algún tipo de serendipia mantiene viva la literatura porque la mantiene abierta a los vaivenes del devenir. Esta puerta a la aleatoriedad hace de mecanismo de equilibrio, agregando diversidad a una cultura literaria que a veces impone sus favoritos.
Nadie lo lee todo y es de hecho muy extraña la idea de exigirle a alguien que conozca exactamente a los mismos autores. La literatura es libre en tanto que sea libre el camino aleatorio que guía las lecturas erráticas que hacemos. En la vida salvaje (la vida a secas) cualquier cosa puede llevarte a encontrarte con un libro, o desviarte de su encuentro. En la vida literaria no salvaje (la de los que estudian) los caminos son mucho más acotados, de forma fructífera, quiero pensar. Las lecturas son filtradas y los no salvajes leen, más o menos en orden, obras bien escogidas que le ahorrarían a cualquier lector montones de desencantos. Puede, no obstante, ocurrir que algunas joyas se escapen y esto no tendría que ver sólo con programas y selecciones, sino con la naturaleza misma de la cultura humana que sigue produciendo y escribiendo.
Siempre me ha fascinado la idea de que, en el trayecto de la cultura, las nuevas generaciones tienen la tarea de leer un cúmulo cada vez más grande de obras relevantes, tienen mucho más qué filtrar y cada vez menos posibilidades de completar una lista más o menos básica de todo lo mejor que se ha escrito. Aunque es obvio que toda nueva literatura se va añadiendo a la biblioteca de la humanidad, prestamos poca atención a cómo algo tan simple determina la manera en que cualquier lector debe administrar sus decisiones y su tiempo para lograr conocer al menos alguna obra de la mayoría de los grandes autores que se supone debería conocer. De nuevo, creo que el camino es libre y caótico, que la entropía administra más de nuestras decisiones de lo que alcanzamos a imaginar.
Pero hay que decir que quizá también en la serendipia hay algo de estructura. Hay algoritmos ocultos en medio del caos, secuencias de causa y efecto que llevan esos pedazos de cultura a lo largo y ancho de la ciudad. Los libros usados que llegan a los tianguis también tienen su recorrido, no solo los lectores. Encontrándose tarde o temprano libro y mano, ojo y portada, mano y moneda.
Uno llega a los mercaditos que le quedan cerca de su casa y los vendedores, o bien viven en la misma colonia o por algún vínculo con esta se encuentran con la oportunidad de llevar su vendimia a esos centros culturales, porque eso son. Cómo llegan a esos vendedores unos libros viejos o usados pero en buen estado es siempre un misterio. Pueden ser los libros de un muerto, o de un vivo que ya no los quiso tener entre sus cosas, y por razones también misteriosas, la basura de unos puede ser la biblioteca soñada de otros.
*Escritor, artista visual, músico y dj. Licenciado en Artes Visuales, UANL. Becario del Centro de Escritores de Nuevo León (2017) y del Centro de Escritores Cinematográficos de Nuevo León (2016). Hace música postpunk y minimal synth. https://www.instagram.com/automatdreams/