Migralia

A LA INTEMPERIE

Crónica desde el South West Chicago

Por Zur*

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FOTO COLLAGE POR ZUR

Marzo, 2026, Chicago.

Aquí hay un cuerpo que escribe, y para mí el discurrir del tiempo se mide a partir de la transformación. La migración vista más allá de su elemental resorte económico es ante todo un espacio de tiempo en el que la transformación es inevitable. Transformarse en este sentido es vivir afectado por el nuevo contexto, entrar en esa corriente que se muestra ajena hasta que aceptas que te está modificando desde dentro.

Benito Juárez antes de ser Benito Juárez, experimentó su etapa migratoria. Un año y medio como migrante en New Orleans dejándose afectar por la ciudad, por el contacto directo con lo maleable de las lenguas, la economía, el sistema de esclavitud, las mezcla de razas y sobre todo con lo dúctil de la vida en ese pantano.

Este era un vacío histórico que la gran mayoría de mexicanos desconocía hasta que el escritor Yuri Herrera, originario de Actopan, México y que actualmente imparte clases en al Universidad de Tulane en New Orleans, se encargó de llenar en su más reciente novela, titulada La estación el pantano, un título que refleja la antropología migratoria de transformación literal y figurativamente. Esta experiencia migratoria de Benito lo forma en la deformación perceptiva justo antes de regresar para convertirse en el primer presidente indígena de México; algo que es de suyo, una forma nueva.

En este mes se celebra el famoso St. Patrick Day, y en este día Chicago se convierte en un Irish Pub público desde que amanece. Es un día de fiesta sobre todo para los jóvenes que reconocen bajo esta festividad ligada al catolicismo una herencia lejana de sus tatarabuelos. Es como si estos jóvenes reclamaran por derecho implícito el espacio público, como si el discurso de fondo fuera “nosotros construimos esta ciudad y queremos poseerla por un día”, sucede exactamente lo mismo en el día del “grito mexicano con la ciudad, establece un diálogo de transformación especular con la misma, en donde el pasado, presente y futuro giran en el eje dónde las formas dejan de ser lo que son para adentrarse a donde no se sabe lo que se es todavía; Chicago es una especie de mezcla que siempre está en movimiento y nunca termina de cocerse.

Hace poco escuché unas declaraciones de Billy Branch, decía que Chicago no da importancia suficiente al Blues como ocurre en New Orleans. Con la gran migración negra a Chicago proveniente de los estados del sur ese sonido campirano proveniente de Alabama, Mississippi, Louisiana que recordaba a los campos de algodón aquí adquirió la forma de la industria, de los rascacielos, de la vida nocturna y del “L”; el Blues ahora es Blues Chicago. La pena rural se mezcló con la velocidad industrial y el campo abierto se transformó en pequeños apartamentos. Sus declaraciones son válidas, pero en esta ciudad el blues no es el eje cultural como podría serlo en ciudades del sur, aquí el sonido también está en constante transformación y el blues puede llegar a perderse entre el jazz, el house, la música latina, el rock , el punk o cualquier sonido que se está fusionando ahora mismo en algún basement de la ciudad; La oferta de esta ciudad es siempre la transformación.

“Marked for Death” es uno de los films más recientes que he visto. Protagonizada por Steven Segal, esta película de los 90 ' se aborda cómo una célula de migrantes jamaiquinos en Chicago utilizan la religión Yoruba para respaldar espiritualmente sus operaciones de distribución de cocaína. De fondo lo que este film revela es que la religión, mitología y cosmogonías también adquieren nuevos sentidos y formas en cuanto se experimentan bajo el campo experiencial migratorio. La migración es cambiar de forma. Al principio esto puede verse como algo informe, como es el caso de algunas familias católicas mexicanas que tienen su altar a la virgen de Guadalupe en la cocina, un altar a Elegua en el dormitorio y van a misa al templo metodista los domingos y lo que provoca inevitablemente tanta eclecticidad es que el migrante esté llamado a alejarse de las formas conocidas, verlas a la distancia y así, encontrar su propia forma; Las tradiciones, a veces, no permanecen intactas frente al marco experiencial que supone la migración.

“En el mundo todo es intemperie, y es mejor salir a enfrentarla” palabras que le hace decir Yuri a Benito Juárez en su novela. Migrar es salir a la intemperie, es salir al campo experiencial de las posibilidades vivas.

La migración no es solo un fenómeno de desplazamiento, sino que es un fenómeno de transformación. En este sentido, ¿qué es lo que transforma al migrante mexicano en Estados Unidos? No son solo los dólares o el idioma, sino que es algo más vivo, porque aquí he visto a campesinos convertirse en empresarios, a jóvenes sin rumbo en padres de familia responsables, a amas de casa convertirse en activistas, a muchachas en propietarias de negocios y a jóvenes analfabetas convertirse en escritores. Todos ellos han creado nuevas formas de explorar el mundo, en donde los contrarios se unen para crear algo nuevo.

En este sentido, lo que ha de mantener el talante de transformación en el migrante mexicano es que asuma conscientemente su propia transformación. El mexicano migrante debe abandonar la ceguera de la inercia que indica solo venir a ganar en dólares. El mexicano y el migrante en general debe transformarse para que el día del retorno pueda transformar de alguna manera las cosas en su lugar de origen y que la migración no solo se convierta en una anécdota familiar. La migración debe asumirse como un proceso de transformación personal que atañe al cambio social. Porque la migración o “ser migrante” no es una etiqueta identitaria sino un espacio de tiempo para la transformación, porque Chicago (o cualquier otra ciudad del mundo) es en este sentido, una especie de laboratorio experiencial migratorio en el que se siempre se están desintegrando e integrando nuevas formas.

South West Chicago, 2026

*Contacto: ppmarin@neiu.edu