¿Quién es más pobre? ¿El vagabundo de París o el vagabundo de Argel? La respuesta es fácil: el vagabundo de París. Todo mundo conoce París y sabemos lo que hay en la ciudad parisina. Argel no es la ciudad más famosa, pero tiene algo que París no: playa.
Entonces, el vagabundo de París es más pobre, porque no tiene dinero, no tiene qué comer y vive en las calles frías y húmedas de la ciudad más bonita del mundo, pero no tiene el mar. El vagabundo de Argel está en las mismas condiciones, pero aun así puede ir a bañarse con las olas y apreciar un atardecer.
Esto es el mayor ejemplo de injusticia climática.
Albert Camus es el autor de este concepto. Nacido en la capital de Argelia, Argel, en el seno de una familia muy pobre, se dedicó a escribir mucho sobre esta ciudad y sus experiencias cerca del mar. En su obra más famosa, El extranjero, el escenario de la playa es una constante durante toda la historia.
Está ahí como un personaje más; está ahí como la respuesta a las preguntas, como la escapatoria de los problemas o incluso como el testigo de todo lo que pasa en la obra.
Puedes tener el peor día de tu vida y aun así escapar corriendo a la playa. Dime tú, ¿cómo es más fácil sobrellevar una depresión: en la playa o en la ciudad?
Todo mundo con el que hablo, extranjeros o de otras ciudades, me tiene envidia por vivir en la playa, por tener una casa donde viven mis padres en una ciudad con playa y que, además, la playa sea bonita.
Un pobre en la costa puede estar a punto de morir, pero en sus últimos días de vida, mínimo logra seguir contemplando el mar, escuchando las olas y siendo acariciado por el sol.
En una ciudad, la agonía se esconde entre edificios gigantes, departamentos que absorben la luz, automóviles que contaminan y gente que flota. Las personas no viven, solo existen: se sientan a saciar el hambre como una necesidad, no a comer; tienden a dar mensajes, no a platicar; no saben lo que es caminar, solo se desplazan. El día de su muerte, no mueren, solo dejan de existir.
Tengo el sentimiento constante de viajar y nunca es a la playa, mientras que el resto de la gente en el mundo espera la fecha para volar a la costa más cercana para respirar la vida cerca del mar.
Es diferente y único. No hay nada que se compare a la playa. Creo que ningún ecosistema te llena tanto de vida como vivir en la playa. La gente es mucho más amable y relajada; todo tiende a hacerse con calma y despreocupación. No importa si llegas tarde, mientras llegues.
A pocas personas les tengo envidia. Una de ellas se llama Ángel. Es un palapero, como se le conoce en la playa de Sisal, Yucatán. Desde que llegamos nos recibió como si fuéramos amigos, igual que recibes al amigo de tu amigo en una fiesta familiar. Nos acomodó las sillas y las mesas, nos ofreció alguna bebida y nos dijo que al rato se iba a armar la reta.
Platicando con él, me decía: “¿Tú crees que esto es trabajo? Yo no trabajo, solamente ve lo que hago”. E indagando más en este comentario, me contaba que su rutina era estar ahí durante el día, encontrar a los turistas en la entrada de la playa, llevarlos a las palapas y, si pedían alguna bebida o comida, llevarla a la mesa. Y listo. No había más.
Sisal es un pueblo muy pequeño, donde todo mundo se conoce y solamente hay una capilla, enfrente de la plaza, cerca de la única cancha de fútbol.
Angelito me decía que, además, el dinero alcanzaba para todo. Tenía dinero para la casa, le daba su dinero diario a su mujer para sus cosas y, cuando traía, se cooperaba con los demás y se compraban unas cervezas para que, justo en las mismas palapas que ellos cuidaban, se sentaran en las tardes a disfrutar de la playa.
Seamos sinceros: Ángel era feliz. No le faltaba nada y no sabía que necesitara algo más. Eso es plenitud. Envidio a Ángel con todo mi amor.
La injusticia climática recae en este fenómeno en que la playa crea todo un ambiente superior a cualquier otro.
Después de clases puedes ir a la playa, después de entrenar puedes ir a la playa, después de trabajar puedes ir a la playa, después de tomar la siesta puedes ir a la playa, cuando no sabes qué hacer puedes ir a la playa, cuando quieres salir con alguien puedes ir a la playa, cuando tienes muchos problemas puedes ir a la playa, cuando quieres escapar de tu vida puedes ir a la playa.
Me genera mucha comodidad estar en una ciudad costera, desde Nápoles o Sorrento, hasta Ciudad Madero o Progreso. En todas se siente la misma energía, vida.
La gente dice buenos días y te sonríe por la calle; no tienen miedo de compartir la mesa. El dinero no importa, siempre se puede fiar. Todo mundo resulta payaso al contar chistes en la más mínima interacción. Las cosas se hacen con paciencia, a que baje el sol.
Los colores tienden a ser más brillantes, el azul toma otro significado, el sol brilla más de lo normal, los pájaros cantan mejores melodías, los barcos son pinceles sobre las olas, la luna ilumina en lugar de reflejar, las mujeres regalan vida y los hombres le aplauden al tiempo.
Una caminata en el malecón no es igual que en un jardín inglés. Noches blancas, de Dostoievski, describe lo que sucede al enamorarse en un malecón, que invita a recrear en tu cabeza el mirar de dos enamorados al cruzarse en paralelo al mar, unas olas que chocan con el muro que termina donde estos dos se juntan para comenzar un romance.
Camus habla de una injusticia, pero creo que esto va más allá de todo lo que solo sucede en la playa o no. Los países en guerra están en desventaja frente a los que tienen paz; los países con buenos sueldos tienen una ventaja; los países donde la gente es feliz, personalmente, son los privilegiados.
¿Para qué vivir en rascacielos y carros de lujo si no eres feliz? Mientras que gente como Ángel, que no es rico en bienes, pero es rico porque es feliz, tiene el mejor trabajo del mundo. Y no es solamente el de ser palapero: tiene un trabajo que lo hace feliz, y mucho de eso es gracias a la playa.
El mar, la arena, el aire, la cerveza, los mariscos, el sol, los camastros, los amigos, las risas. Todos son elementos que encontramos cuando hacemos una recapitulación de nuestros mejores días en la vida. Eso se encuentra en la playa. Es impresionante el poder que tiene este personaje en nuestras vidas. Tanta gente soñando con retirarse en la playa, mientras que hay miles que se tienen que ir a trabajar fuera soñando con regresar.
Imagina enamorarte, poder tener la misma cita, cientos de veces y nunca cansarse de ella, ir a comer algo en la orilla del mar, bañarse en las olas, ver el atardecer.
Considera un cumpleaños en la playa, tus amigos, un balón de futbol, una bocina para poner música y todos juntos celebrando tu vida con unos de los regalos más grandes que esta misma nos dio.
Decirte que eres como el mar porque en tu rostro veo un azul que me cautiva y cientos de estrellas que adornan el paisaje, solo para describir tus ojos azules por encima de tus pecas.
Gente muriendo sin conocer el mar, gente muriendo por nunca dejarlo, gente muriendo porque nunca volvió.
Ningún costeño se va a quejar nunca de su ciudad natal, mientras que otros citadinos lo harán solamente porque su ciudad no es tan grande como la capital del estado o del país. Cualquier pueblo es bueno para vivir si puedes llegar rápido al mar.
Se entiende que es la injusticia climática, este factor que pone en un privilegio por encima que, a otros, una capitalino poco entenderá del calor, que no exista el tráfico, que el estrés sea algo que solo tienen los locos, que tomar el fresco es como una pastilla, que el invierno solo es una leyenda y sobre todo de eso, que los hombres intensos nunca aprendieron a ver el mar y solo mojarse los pies.
Cualquier lugar con playa, le diré hogar.
*Samuel Palacios, originario de Tampico, Tamaulipas. Estudiante de periodismo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Dialogo con la literatura, la filosofía temas afines.