ESCRIBIR A MANO 

Margarito Cuéllar*

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La escritura a mano es un ejercicio que siempre me ha gustado, aun que no siempre la practico. El block de notas del teléfono celular terminó por desterrarla. Aunque a veces reincido en esa práctica lejana y transparente de acomodar pensamientos, emociones e ideas sobre las líneas del papel o en la libreta de dibujo.

Obvio, quien escribe a mano colecciona libretas de todos colores y formas, en su mayoría regalos de fin de año. Artesanías de las formas escritas que se quedaron un tiempo y no se van del todo.

Mi letra es fea. Ni siquiera yo le entiendo. Cuando escribo sobre la escritura a mano pienso por lo regular en hormigas o en insectos sobre la hoja que al dejar de ser en blanco es ahora una población en desorden de animales en miniatura. Letras en movimiento atrapadas en un papel, arrancadas a la mañana o a la noche y que tratan de decir algo: una idea suelta, contar un sueño, un chiste, un chisme, un albur, la línea de un poema, el principio o el final de un cuento, una frase de Pessoa, de Tabucchi, autores que enganchan con lo que dicen. A mis 70 recién cumplidos debo tener unas 100 libretas con textos escritos a mano. Andan por ahí en maletas o en los libreros, con un matiz de polvo en sus hojas, señal inequívoca de los golpes y las caricias del tiempo. Algunas con los primeros trazos de Ayax y Ulises como agregados. Libretas que han resistido mudanzas y cambios extremos de temperatura, divorcios y encuentros amorosos.

La escritura a mano me reconcilia conmigo. Vuelvo a ella cada que puedo con el temor de quien se aleja y teme que tarde o temprano lo traicione el pulso. Pocas veces se repara en que el regreso a la escritura manual implica recuperar una vieja práctica. Celebro con ello, a mi manera, la llegada de los 70 años.

Escribo con la mano derecha, aferrado a la pluma con tres dedos, llamados en mis tiempos: Matapiojos (pulgar), Tonto y Loco; el otro no me acuerdo cómo se llama, pero sierra el pacto de la escritura artesanal presionando al pulgar. Que su papel sea una mera ejecución técnica perfeccionada a base de práctica no hace menos importante su tarea de deslizarse sobre la hoja con la sincronía y el ritmo que la escritura requiere.

A esta altura de la vida siento que los renglones son surcos finos y puestos para recibir la semilla. Casi siempre desafío la rigidez de las líneas y me inclino un poco hacia arriba o hacia abajo. O de plano le doy por la mitad entre un renglón y otro. También suelo agarrar para el monte y a la mitad de la hoja hacer pequeños párrafos como si fueran pedazos de nubes o de aire reunido para la ocasión.

Cada vez veo las letras más chiquitas, como borrosas, pero insisto en la escritura porque a la vez que es un homenaje a mi madre, que enseñó al mayor de sus nueve hijos a contar y a escribir con granos de maíz y frijol a los cuatro años. Desde entonces practico esa forma rudimentaria de decir lo que pienso y siento juntando las letras y formando palabras. Es una forma de atrapar el mundo en un pedazo de papel, aunque luego, cuando intento traducirlo para llevarlo a la computadora, dice palabras que no dije. En mis 20, cuando me di cuenta que no había más remedio que tomar al toro de la poesía por los cuernos, casi todo lo escribía a mano. Disfrutaba ese ejercicio remoto de arrojar semillas a los surcos de la vida. Tarea cursi de ociosos, si se quiere, pero una forma de “soltar la mano” y de seguirle la corriente al cerebro, a ver quien se cansaba primero.

Cuando vuelva a la escritura Manuel hablaré de los colores de las tintas, le textura y el olor del papel y de las veces que

Manché de tinta tanto sábanas como superficies ajenas al papel.

Quizá hable también de la escritura sobre la piel femenina, una de las prácticas más lúdicas, complicadas y placenteras que conozco. En la escritura sobre piel no se puede uno equivocar y casi siempre es mejor el verso corto, intenso relámpago, trazado de manera meticulosa y sin dar tiempo al temblor de la mano. La mano que tiembla derrama tinta de más y le da un tono patético a la letra. La mano temblorosa arroja mal la semilla y puede ser que de la tierra no brote nada.

Tango la costumbre de iniciar una libreta con textos literarios, una frase o hasta un dibujo y dejar el otro lado para los números telefónicos, los pendientes del SAT o las claves de lo que sea, ya ven que hoy se ocupa una llave para todo. Y aunque mi escritura es horrorosa, no reniego de ella.

Eso sí, si me van a regalar algo en mi cumple, que sean libretas y plumas, marcadores y pinceles, utensilios que permiten continuar una práctica ancestral, viva aún.

Escribir a mano no implica renunciar a la escritura digital, no en mi caso. Los escritos para el periódico requieren agilidad y rapidez, por lo que se van directo a la computadora, sin borradores previos. Igual pasa con el ensayo largo y las tesis doctorados. Pero los textos breves no solo se ven lindos en su minimalismo a mitad de página, sino que evocan parpadeos ante el mundo, breves señales del tiempo.

Dejé de hacerlo hace años, siento como si la pluma fuera a doblarse o como si la tinta fuera un hilillo de sangre guiando al resto de las hormigas hacia una ruta de la que nadie sabe con certeza cuál es su destino.

Mi tinta preferida es la azul para la escritura a mano y la roja para corregir.

Escribo tan feo que se han dado casos en que me encuentro a alguien a quien le dediqué un libro hace años y me pide que nos veamos para que le explique unas palabras que no entendió. Lo más seguro es que yo tampoco le entienda, digo, aun así, me parece un buen motivo para encontrarnos. Bioy Casares, Bores, Reyes, Susana Sontang, Paul Auster, tenían atracción por la escritura a mano, esa forma añeja que parece no tener prisa y se desliza sobre el papel con el sigilo y la sobriedad de quien flota en el agua con sutileza y con la seguridad de que no se hundirá.

Si la escritura es el relámpago, la escritura a mano es la huella del relámpago.

*Escritor. Maestro de la FCC. Dirige Corte. Su libro más reciente es Ensayo sobre la belleza y el desorden de las cosas (Los Ojos de Deva/ UANL).