Crecer es, en el fondo, aprender a negociar con lo inevitable. Pasamos los días ignorando el avance de las manecillas del reloj hasta que, una vez al año, se nos obliga a mirar el calendario. Nos reunimos para certificar que la Tierra dio una vuelta completa sin que el caos lograra detenernos. Es la forma de renovar nuestro pacto anual con el tiempo, donde a cambio de una rebanada de pastel aceptamos el desafío de seguir aquí mientras el cronómetro avanza e intentamos descifrar las reglas de un juego que cambia sin previo aviso.
En mi caso, ese contrato se firmó por primera vez en un escenario que hoy me parece sagrado. El pequeño festejo fue en la casa de mi abuelita Juanita en Cadereyta Jiménez; un espacio que en mi memoria se conserva tal y como estaba hace años. Hay una foto que registra mi debut en esto de los cumpleaños, en la que estoy vestida de Blancanieves, soplando la vela de un pastelito. En ese entonces, yo no sabía nada del paso del tiempo ni del caos. Cuando tienes un año realmente no hay noción del pasado, ni la menor sospecha de que algún día te va a preocupar cumplirlos.
Sin embargo, conforme el calendario avanza, cada vuelta al sol se vuelve un poco más compleja. A los cinco años, en el hoy extinto parque de diversiones Bosque Mágico, tuve mi primera celebración masiva. Recuerdo ese día con mucha más nitidez: el olor a palomitas, el ruido de las atracciones y yo, enfundada en el vestuario de Draculaura, un personaje de la franquicia de muñecas Monster High. Hoy en día me asombra enormemente recordar la seguridad con la que habitaba esos personajes; era la construcción de mi identidad a través de la fantasía, una estrategia necesaria para entender quién era yo en medio del ruido del mundo.
A medida que crecí, entré en una etapa en que se estandarizaron mis festejos. Los ponis de la serie animada My Little Pony invadieron el patio de mi casa durante mis seis y siete años. Eran meriendas donde la repetición de la temática no significaba que me faltara imaginación, sino una búsqueda de pertenencia. En esos años el mundo parecía estable y predecible, como un guion de esa caricatura donde siempre ganaba la magia de la amistad.
A los ocho años, mi fiesta de Barbie Súper Princesa me enseñó que los superpoderes no estaban en la capa rosa que me pusieron, sino en algo mucho más humano. El salón adornado era solo el escenario para lo que realmente importaba: volver a ver a mi mejor amiga de la primaria. Ella se había cambiado de escuela tiempo atrás; verla llegar me hizo entender que los cumpleaños son el pretexto que inventamos para recuperar lo que la vida intenta dispersar, aunque sea solo por unas cuatro horas. Ahí descubrí que el mejor regalo no era algo que pudiera sostener en las manos, sino el asombro de comprobar que, aunque el mundo siga girando, hay personas que deciden quedarse contigo a pesar de los mareos.
Poco después, la firma de mi décimo contrato anual se trasladó a la ciudad interactiva de Kidzania. Lo que hoy veo como un parque, en ese momento fue un laboratorio de prueba. Se trataba de una metrópolis donde el juego consistía en ser un adulto funcional, un simulacro que omitía convenientemente la brutalidad del capitalismo, la existencia del SAT y los vacíos existenciales. Pese a la oferta de múltiples profesiones, yo me sentía atraída por la cabina de radio y los sets de televisión. Ahí, entre micrófonos y cámaras, mi curiosidad por entender cómo se comunica la realidad empezó a tomar forma. Me fascinaba la idea de que el mundo adulto no solo se trataba de trabajar, sino de narrar lo que estaba pasando. Sin saberlo, en ese cumpleaños ya estaba ensayando para la carrera que elegiría después.
No obstante, la vida real tiene sus propias reglas y no siempre se ajusta a lo que ensayamos. La pandemia de 2020 llegó no solo como una crisis de salud, sino como un freno absoluto a la forma común de entender la convivencia. Mis trece y catorce años fueron diferentes: el afecto se había vuelto digital y los abrazos solo podían recibirse de manera virtual, mediados por la frialdad de una pantalla. Esa misma distancia fue la que me permitió entender la realidad de una forma distinta y la computadora dejó de ser solo una vía de contacto para convertirse en mi principal herramienta de observación de lo que estaba sucediendo en el mundo. Durante esos años comprendí que somos seres vulnerables antes que seres sociales festivos y que la cercanía de los otros es un privilegio que solemos dar por sentado hasta que desaparece.
Superar el aislamiento me llevó directo a uno de los ritos más complejos de nuestra cultura: los quince años. Tras el encierro, la idea de la “fiesta” ya no era la misma, así que, me costó más trabajo acceder a tener una celebración de tal magnitud. A pesar de mis esfuerzos, la tradición reclamó su espacio. Descubrí entonces que la fiesta de quince años era todo un despliegue de logística, donde la festejada sería el centro de atención por más de cinco horas y todo tenía que salir a la perfección. Mientras yo intentaba procesar mi propio crecimiento, la tradición dictaba cómo debía “presentarme” como una mujer ante la sociedad con un vestido que pesaba más que mis dudas. Aun así, agradezco el esfuerzo que hicieron mis padres, ya que esa noche pude ver la felicidad de mis familiares y amigos al recuperar el tiempo perdido; celebrando la vida después de haber vivido momentos de profunda vulnerabilidad.
Al terminar esa etapa, algo cambió en mi forma de ver las cosas. Surgió en mí la curiosidad de explorar el mundo; con el objetivo de empezar a construir un camino desde lo que a mí realmente me gustaba. Esta búsqueda de autonomía fue lo que me llevó a la facultad. Mi cumpleaños diecisiete fue el primero que viví como universitaria y tuvo un gran impacto emocional, porque ahí la curiosidad dejó de ser solo una inclinación personal para convertirse en un proyecto de vida.
En este nuevo entorno, mis amistades ya no eran solamente compañeros de aula con los que compartía un horario, sino personas con las que sentía una afinidad real. Celebrar con ellos me permitió ver una versión de mí misma que yo misma había elegido, no la que se supone que debería ser a cierta edad. Ese año, mi cumpleaños se sintió como un tríptico de afectos: un tiempo para mis amigos de la carrera, así como para convivir con mis padres y mi novio. Este festejo confirmó que lo más importante de cada vuelta al sol es saber apreciar a la red de personas y de ideas que te acompañan, pero esa misma calidez de sentirme finalmente rodeada de lo propio incrementó el miedo de lo que estaba por venir.
Y entonces, llegaron los dieciocho. Esa mayoría de edad que cuando era niña veía como algo lejanísimo, casi como un lugar que nunca me tocaría pisar, de pronto se instaló en mi realidad sin pedir permiso. Ese umbral legal venía cargado de una nueva autonomía que, más que libertad, se sentía aterradora y me hacía plantearme preguntas como: ¿Realmente estoy lista para sobrevivir a mi propia suerte? ¿Cuántas herramientas me faltan para que el mundo no termine devorándome?
Recibí la madrugada de mi cumpleaños escribiendo en una libreta, desahogando el miedo a una adultez que estaba avanzando más rápido de lo que podía procesar. En ese momento me asombré de la inmediatez con la que el tiempo consume las etapas: parecía que apenas ayer había tenido esa fiesta en Bosque Mágico o la de Kidzania y en un parpadeo, ya era legalmente una “adulta”. También escribí mi preocupación de que las nuevas responsabilidades limitaran los momentos para apreciar lo pequeño y la funcionalidad matara a la curiosidad. Sin embargo, en medio de esos versos de incertidumbre, comprendí que crecer no debía ser una renuncia a la disidencia.
Hoy elijo ver cada cumpleaños no como un trámite hacia la seriedad, sino como una renovación de mi suscripción a seguir siendo curiosa. He aprendido que el mejor regalo no es sentarse a soplar las velitas, sino tener la oportunidad de observar detenidamente a las personas que están detrás del pastel, cantando las mañanitas. Esos rostros son el recordatorio de que no estoy sola frente a esa “suerte” que tanto me asustaba.
El verdadero festejo es, y será siempre, mantener intacta esa curiosidad por aprender tanto de lo más bello como de lo más simple, entendiendo que la vida no se mide por la cantidad de metas alcanzadas, sino por la capacidad de seguir disfrutando el trayecto. Al final, el conocimiento y el amor son las únicas herramientas que necesito para que la nueva adultez no sea una carga, sino la oportunidad de narrar, algún día, una historia que valga la pena ser contada.
*Hannia González. Estudiante de la FCC-UANL. Sus áreas de interés incluyen las Ciencias Sociales, la Historia contemporánea y el análisis discurso político. Se especializa en crónica urbana y en narrativa personal.
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