Enero limpia las hojas muertas de la vida. El viento suave del ocaso moribundo barre el pasado, se van las heridas. Aunque se considera basura, la hojarasca habla demasiado.
Este árbol viejo, por ejemplo, pierde los deseos uno a uno, conforme la deriva invernal recorre los solares. Caen las pasiones desde su propia altura, se abisman también afectos y promesas.
Colmado de savia a lo largo del año, el mayor se ha despojado de la mata arbórea, bárbara. Se deshace con absoluta voluntad de mil recuerdos de nada, palabras de nadie; una labor justa y necesaria.
La memoria del gigante se apoya en la persistencia. Entendida ésta como el cumplimiento voluntario de algunos rituales de poder. Control de aquellas condiciones del clima relativas a la humedad, la presión atmosférica, la temperatura y la dirección del viento. Información almacenada en círculos más íntimos, concentrada.
Persiste el árbol en localizar la luz oblicua de algún olvidado amanecer que presentó opresión espiritual en el paisaje, como este frente boreal lluvioso.
Demasiados tecnicismos.
Parecen más estimulantes, en cambio, las palomas de collar adolescente, urgidas todas ellas de follaje venéreo, mientras el instinto sudoroso hace de Cupido.
Apareo entre impares. El apetito amoroso de las aves como proceso natural evolutivo. Carne celeste para nutrir con más plumas el viento, los nidos remisos y sus columnas. El frío despierta al duende apocado del deseo en la rama crecida, un poco torcida hacia el este. Oculta al patrullaje de los gatos.
Fauz se relame con indiferencia el pelaje genital en el filo más alto y dramático del muro divisorio. La visión erótica excita al abuelo.
El abuelo. Durante todo el ciclo ha sido sumo sacerdote. Novio de novios, rey remiso de mil enamorados. Escucha.
Mil piquitos llenos de canciones, mil serenatas con plumas de pocos colores. Clima adverso.
Más abajo, en el nivel de los insectos, la vida se divide entre banquetes y amenazas. Éstas imaginarias, aquéllos vigilados estratégicamente por el gato Fauz. Un ojiverde de cola vanidosa.
Árbol padre, mira por tus hijos.
La madre jilguero no escatima en gorjeos y demandas a causa de Fauz. Qué extraño país de violencia, se oye decir al ángel iridiscente, posado en un punto ciego del árbol.
--Te arrepientes de alojar tribus intolerantes. --Cuestiona Fauz, el gato cafecito, perfecto. Parte de jauría, parte de soledad anticipada.
--Ah, que no, --musita el gigante vegetal, tras el trono.-- Lo que yo extraño son trinos, abejas, lluvias, gran invasión de mariposas monárquicas.
Se observa por parte del gato vecino conductas esmeradas en rasgar un poco más de corteza para extraer ciertos buenos humores del árbol brumoso. Polvo de estrellas, polen, un camino de musgo, la certeza del humus. Afanes, jadeos, empujes. Cómo goza la corona de uñas en el patio.
El cielo se entretiene con penachos pobres en humedad. Desmayado, desciende para yacer con la tierra. Rumor de floresta profanada: árbol celestial, árbol torrencial, hombre bien plantado, pudiente y sobrio. Suficiente.
Tú tan apuesto, tan salubre. La tierra tan borracha de ti, tan cubierta con tu copa, tan agradecida de abrazos.
Si sobran coros, lamentos y líquenes, falta color en las hojas. La estructura rugosa repele la humedad, aún peor, la caricia. El amor es estación de paso, nunca destino. Mira la paloma de ala blanca. Se le trepan, y se agacha.
Sobre ella va el equilibrista, vehemente palomito templando la cloaca. Agachaditas, sumisas, sus amigas son hembras generosas.
Suspiran en tu regazo, padre solo. Las enamoradas buscan casa y poder en tu pecho. Y se priva de volar la urraca, pasará la noche en tu hamaca.
Las ramas se mueven con la excusa de las corrientes. Tu corazón de palo encarnado arde loco por instantes, y danza, y se cansa, retrasa la despedida.
Te diste todos los permisos, te prodigaste con calidad distributiva. Comunista. Enviaste por escrito tu cultura sementera hasta el próximo planeta.
Pero amas la tierra negra. A copa llena, rebozaste santidad de tan amado. Piensa en ello. Bendito por tu envergadura, bendito por tu fresco sacerdocio. Bendecido por munificiente con los recursos mineros.
Cada año llega la muerte. Hojarasca sin tiempo. La ciudad se hunde y reseca. Las flores languidecen. Por las medianías del ébano vecino, los ojos de Fauz esperan el siguiente pájaro. Luego, el invierno.
(Publicado originalmente en Agua Quemada Magazine).
*Cronista por excelencia de la ciudad, su mirada es un abanico de posibilidades, sobre todo abarca el lado luninosamente oscuro de la ciudad.